Enrique VIII, el rey de Inglaterra, como el presidente Donald Trump, tenía “mala suerte” con las mujeres. Ellos, como el personaje de la canción de los Rolling Stones, no encontraron satisfacción: “pero intentan, pero intentan”. Intentándolo, Enrique se casó seis veces, y Trump, tres.
Cuando el rey quería salir de la reina , la acusaba de adúltera, tomaba un hacha y la decapitaba. Trágico final de esa historia de amor, sin divorcio ni abogados, ganándose el 33% más las “costas judiciales”. Cuando Enrique quiso salir de su reina, Catalina de Aragón, no podía decapitarla, se buscaría un serio problema. Era la hija de Fernando de Aragón e Isabel la Católica, la corona europea más rica y poderosa del momento.
La Iglesia Católica Romana decidió no divorciar al rey, los curas nunca se han casado, no tienen empatía. Solucionando ese problema, en 1534 Enrique VIII fundó la Iglesia Episcopal Anglicana, se designó “Papa Anglicano”, su Iglesia lo divorció.
En 2002, el gobierno estadounidense quiso apresar al cardenal Bernard Francis Law, de Boston, por encubrir a curas pedófilos, él huyó al Vaticano, ahí murió en 2017. El diferendo entre el Papa y Trump es el último capítulo de este historial de conflictos entre ambas partes.
Trump seguirá siendo Trump, ayer se vistió de Papa, hoy de Jesucristo, mañana solo Dios sabe. El papa León XIV anduvo en motoconcho por calles latinoamericanas. Tiene tanta sabiduría callejera que proyecta mansedumbre. Escoge sus batallas. No peleará con Trump. Lo dijo.
La institución más antigua y la nación más poderosa de Occidente, conocen bien las reglas del juego, no pelearán. Esta distracción política al más alto nivel entre ambas instituciones, como en los diferendos anteriores, terminará en “santa paz”.
*El autor es un destacado periodista y escritor de Nueva York, trabajó para El Diario La Prensa y el Listín Diario.

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